Nos conocimos de purrete, jugando al fútbol frente a las caballerizas del Haras en La Union. Lo que dios no le dió en habilidad, se lo compenso con un enorme corazón en dónde entraban todos. Siempre ayudando, siempre colaborando sin que lo convocarán. Solidario como pocos. Aún cuando decidió no ser sacerdote, nunca se apartó del camino espiritual. Trabajaba para levantar un castillo que albergará a todo niño abandonado. Su enfermedad le fue ganando pero dejo intacto tu bondad.
Tano querido, con tu partida se va mucho de nuestra adolescencia. Un gran abrazo a tu espíritu, que nos seguirá acompañando y nos arrancará sonrisas, cada vez que te recordemos.
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