sábado, 4 de julio de 2009

Motormen

Don Mario Delio Balma, porteño radicado en Ezeiza desde 1956, fue 'motorman' de tranvías. Publicamos este reportaje en su Memoria.

La Junta: Cómo se relacionó con el mundo de los tranvías
Don Mario
: Yo trabajaba de sereno en un lavadero de lanas de Avellaneda cuando por ser amigo de los delegados, me quede sin trabajo. Un capataz me orientó y fui directamente a pedir empleo en las oficinas que la Compañía Transporte Buenos Aires, tenía sobre la Avenida Rivadavia. Enseguida me mandaron a revisación médica y empece a trabajar un 22 de diciembre de 1946. La empresa, que era inglesa, tenía varios ramales. El 12 iba a chacarita, el 11 a Recoleta y el 25 al Mercado de Abasto, todos salían desde La Boca. También estaba el 24, que corría entre Piñeiro y Tigre. La guarda de los tranvías se hacían en los galpones de Casa Amarilla, en La Boca.
L. J.:
Ud. ¿Ya sabía conducir tranvías?
DM.:
No, no era necesario tener experiencia. Los nuevos empezábamos como guardas, así que me mandaron con uno para practicar. Estuve una semana cortando boletos, aprendiendo. Luego me enviaron sólo. La empresa nos daba el Certificado autorizando el manejo ya sellado por la Policía, por si había un accidente. Para la época de los trolebuses, el Certificado de Idoneidad lo daba la Dirección Nacional de Transporte.
L. J.:
Cómo hacía la gente para parar un tranvía
DM.: Las paradas estaban cada dos cuadras. Los que viajaban, tiraban de una cuerda que estaba por encima de las cabezas y eso hacía sonar una campanilla. De esta manera, el motorman sabía que querían bajar. Con los guardas teníamos un código donde un toque significaba que un pasajero quería descender, dos era que podía ir a toda velocidad y tres toques significaba peligro. El freno se regulaba con un sistema que tenía 9 puntos, en donde alcanzaba la velocidad máxima. En caso de que las ruedas patinaran, con unos de los pedales se enviaba arena adelante de las ruedas. No se podía ser nervioso, yo nunca tuve un accidente. Había carros tirados por caballos pero los que entorpecían el tránsito eran los coches y camiones cuando marchaban sobre las vías. A veces había que hacer sonar una campana, que se accionaba con un pedal, para pedirles que se salieran de las vías.
L. J
.: Cuándo se cruzaban con otras vías, cuál era el mecanismo.
D.M.:
Como había muchos recorridos, siempre había cruces. En ese caso había que bajarse y con una palanca se hacía el cambio de vías. Cuando llegábamos a la terminal y había que invertir la dirección, también había que cambiar la dirección del trole. Este era un mecanismo que transportaba energía desde los cables especiales bajo las cuales transitábamos, hasta el motor. Los tranvías tenían uno solo, los trolebuses en cambio, tenían dos. Cuando se rompía el trole y el tranvía no podía marchar, necesariamente tenían que parar todos.
L.J.:
Cómo pasó de guarda a conductor
DM.:
En la medida en que se iban jubilando, los demás ascendían o cambiaban de horario de trabajo. Los más expertos trabajaban en el turno mañana, los nuevos por la noche. Al año me hicieron practicar 40 días y luego salí sólo. Pese a que no había tantos vigilantes no habían asaltos. Incluso los muchachos que salían de jarana, respetaban mucho al trabajador. También nosotros teníamos que cuidar al pasajero, había que frenar suave y tenerles respeto, de lo contrario nos suspendían. Trabajábamos con un uniforme, con gorra incluida, que tenía que tener todos los botones prendidos.
Teníamos pasajeros efectivos a los que incluso, les fiábamos el boleto si no tenían dinero. Claro que los abonábamos nosotros de nuestros bolsillos porque si subía el inspector y alguno no tenían su boleto, nos suspendían. Al otro día, nos pagaban. Eran tiempos en que todos se saludaban. A veces, cuando
en una parada no estaban los pasajeros que allí tenían que subir, les tocaba la campana para que se apurasen. Los esperaba, en especial si eran las chicas, las obreras. Después tenía que ir más ligero para recuperar el tiempo porque los ingleses eran estrictos con el horario; jamás debíamos adelantarnos, por ejemplo.
L. J.:
Si se alcanzaba a escuchar una campana, es seña que Buenos Aires no era tan ruidosa.
D.M.:
No, no lo era. Viajar costaba 5 centavos el de IDA y 10 centavos el boleto de IDA y VUELTA. La diferencia era que uno era de papel y el otro era un cartoncito que tenía los días del mes impresos. El guarda perforaba el día que correspondía. No había un abono para todo el mes, los boletos eran diarios. La gente subía por detrás y bajaba por adelante. En las horas picos, la frecuencia no era más de 5 minutos. Viajaban muchos porque había mucho trabajo hacia 1947, cuando Perón era Presidente. La gente iba parada en los pasillos y sí era común que subieran carteristas que bolsiquiaban con los dedos. Andaban de a dos o tres y uno siempre se quedaba al lado del guarda.
Trabaje durante 16 años, de 1946 a 1962. Los tranvías fueron vendidos por la empresa en 1950 y yo pasé a los trolebuses. Trabaje como chofer-guarda en la línea 305, que iba de Lanús a Retiro, y como chofer en la 307, que unía Lanús con Plaza Italia. En los días de niebla, se tenía que ser prudente en las cercanías del Riachuelo. Cuando el puente estaba levantado la energía se cortaba y el tra
nvía paraba automáticamente. Estas medidas se tomaron luego del accidente donde en el Puente Bosch, se cayó un tranvía al río. Eso fue cuando yo era chico, y tenga en cuenta que nací un 20 de diciembre de 1918.
L. J.:
Qué recuerdos tiene del bombardeo de 1955.
D.M
.: Yo era recaudador en las oficinas que la empresa tenía en Palermo. Recuerdo que estaban todos muy asustados porque nunca había pasado algo tan sangriento. En las oficinas de Oro y Cerviño había un busto de Eva y cuando cayó Perón, un compañero se lo llevó a su casa porque los opositores rompían todo. Cuando gobernaba Perón, en las manifestaciones la gente incluso se subía a los techos de los tranvías.
L. J.:
Cómo se relacionó con Ezeiza
D.M.:
Con mi señora, vinimos a visitar a mi cuñada y nos gustó. Compre el lote en 1950 y cuando termine de edificar me mude, en 1956.
L. J.:
Ud. Tiene fama de ser un buen repostero.
D.M.:
Cuando me retire, me dedique a la cocina y a la jardinería. Trabaje como cocinero en la FIAT, el Instituto Malbran y en Molinos. Yo, casi con ochenta y cinco años, cocino todos los días
L. J
.: Es parte del conocimiento popular, que las mujeres se sienten atraídas por los uniformes. Ud. ¿Pudo notarlo?
D.M.:
(Eleva la voz como para Desi, su esposa, la escuche). Para nada, jamás me dí cuenta. (Baja el tono y acompañando con un guiño cómplice, continúa). La conocí arriba de un tranvía y todavía viajamos juntos.
Por Juan Carlos Ramirez

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