jueves, 27 de octubre de 2016

Barrio El Trebol (nota III, última)

-¿Cómo se entregaban los terrenos con el barrio apenas esbozado?
-Para entregar el terreno venían a mi viejo con un papel del banco, donde le pedían que buscara el terreno detallado y lo entregara. Mi viejo iba al terreno, buscaba los mojones y los entregaba. Los mojones estaban tapados por los yuyos. A pesar de que de vez en cuando se limpiaba con un tractor o con caballos. No era fácil encontrarlos. Menos para Latanzi, que lo llamaba mi padre, si había prisa, y contando sus pasos tenía la memoria o la habilidad de dar con ellos rápidamente. Primero se hicieron las calles para marcar después las manzanas. La Rotonda, y otras manzanas no se tocaron para dejarlas como plaza y en reserva. Las manzanas de Los Tilos y Los Cardos eran las que llamaban “del cementerio”, porque en ellas se enterraban todos los animales que morían,  caballos, vacas, perros, etc. se enviaban a enterrar allá.
- Y ¿las construcciones originales que hizo el Banco?
-Se empezaron a hacer casas en grupos. Cuando vinieron los Cherati y Natale (Los Luises, me aclara Guillermo) y el electricista (Arizmendi), los tres compraron casas en el barrio. Construyeron las casas iniciales. El pintor era Mayorana. Ese era el equipo básico para hacer las construcciones iniciales que se empezaron a vender enseguida.
Guillermo recuerda que las cocinas originales eran de querosén ¡se mandaban unas explosiones bárbaras! Tenían como un termotanque para calentar agua.
-Mi viejo quiso comprar un terreno inicialmente, pero le dijeron en el banco que no. El banco tenía una norma que,  para comprar, tenían que ser ejecutivos del Banco. Así que tuvo que comprar un terreno cuando se dio una reventa. Después, cuando se terminó el barrio y mi viejo seguía viviendo en esta casa, que obviamente no era de él tuvieron la atención de ofrecérsela. Él negoció dar el terreno comprado en reventa en parte de pago y le facilitaron el pago del resto.
Hubo mucha más charla. Muchas más cosas. Material para un libro pero esto es una revista que trata de buscar y dotar al barrio de una memoria colectiva que si no es exactamente objetiva e histórica, es humanamente verdadera y suficiente para darnos identidad a los que hemos decidido hacer de El Trébol, nuestro lugar. 

Por: Guillermo Patiño y Mario Ordiales


Nota del editor: Dado lo extenso del artículo, la nota se publicó en tres tramos, siendo éste el último de ellos. Agradecemos la gestión de la sra. Inés Cuello de Ramirez.
Nota originalmente publicada en
“El Trébol”. Revista de la Sociedad de Fomento y Biblioteca Popular del Barrio Parque “El Trébol”. La Unión, abril, 2013. Págs. 4 a 6.

sábado, 22 de octubre de 2016

Contaminación en Canning

Vecinos de la localidad de Canning, partido de Esteban Echeverria, denunciaron los problemas que sufren quienes residen en esa zona residencial, a causa de las emanaciones producidas por la fábrica Destrial SA, que procesa alcoholes y acetona, ubicada entre las calles Racedo y Formosa.
Instalada en 1965, Destrial trabaja en la fabricación y recuperación de disolventes. Los vecinos explicaron que "se siente un terrible olor alcalino, que nos provoca dolores de cabeza prolongados, arcadas, dolores de estómago, y hastas erupciones cutáneas. Agregaron que "a veces por la chimenea se arrojan al ambiente gases de combustión incompleta, que arrastran partículas sólidas que se diseminan por toda el área". Atilio Paidón, quien vive a 150 metros del establecimiento, se quejó del "hollín y el humo, que dejan negros los frentes de nuestras casas y que, inclusive ensucian nuestras sábanas".
Mónica Cresmani informó que "todos los efluentes líquidos son arrojados a la calle sin ningún tratamiento, haciéndolos circular por un zanjón de tierra que pasa frente a los predios. El agua de enfriamiento e los sistemas de proceso es tratada en piletas abiertas, prácticamente en la vereda y sin fondo de concreto, por lo que los líquidos filtran; la napa de agua está contaminada, no hay agua potable, y los obreros que trabajan allí se la llevan en termos. Gran parte de la vegetación se encuentra seriamente dañada o muerta a 200 metros a la redonda". Los habitantes de Canning también protestaron por la falta de seguridad de Destrial, al considerar que su depósito y el estibaje de tambores con combustibles no cumplen con las disposiciones.
El ingeniero Enzo Nanel, director de planta de Destrial, aseguró que "las piletas de tratamientos de efluentes están aprobadas". No obstante admitió que "como trabajamos con acetona, emanan olores de esa sustancia", y reconoció que "el humo es un poco más intenso".
Los vecinos formularon su denuncia ante el Coordinador de Promoción y Protección a la Salud de Esteban Echeverría, el doctor Guillermo Obarrio. Mónica Cresmani relató que dicho funcionario "afirmó que la inspeción no encontró nada".

Nota publicada oportunamente en el diario Clarín, que integra los  documentos que respaldan el Informe de la historia de la contaminación en el Distrito Ezeiza.  Material aportado por la estudiante Melany (2do. año Instituto Peña).
El Editor.

domingo, 16 de octubre de 2016

Barrio El Trebol (Nota II)

-Había mucha gente, haciendo el barrio, las calles, las acequias, plantando; limpiando los yuyos y matando hormigas… -se interrumpe unos instantes para disfrutar de nuestro asombro, continúa: Sí, matando hormigas porque se comían las plantas que se iban poniendo. Un especialista era el Negro Andrés, que salía a la mañana con la máquina y la botellita de sulfuro y metódicamente recorría las manzanas que le tocaban. Se pasaban meses matando hormigas.
Los peones vivían en puestos (hoy desaparecidos, pero Guillermo aún los recuerda) y había uno especial de ladrillo de unos 20 x 30 metros donde se cocinaba y comían. Los peones eran todos argentinos.
- Había otro galpón en un monte de acacias, dijo Guillermo.
- Sí. Un polaco, todo el mundo lo llamaba “Polaco”, vino a pedir trabajo y mi padre se lo dio y ese galpón era su vivienda. Dos años después trajo a su esposa de Polonia y... ¡cómo son las cosas!, esa polaca, a la que mi madre enseño a hablar español –se acompañaban mutuamente- fue mi madrina,  porque aquí no había nadie más.
-¿Trabajaban continuamente o interrumpían el trabajo para comer?
-Se paraba siempre para comer. La gente no tenía relojes y ¿Saben cómo se le marcaban los tiempos?-nos desafía Oscar-.
-Por una campana, dice Guillermo bien seguro porque la recordaba.
-No –acotó Oscar- . Lo de campana fue después. Era con un invento que diseñó mi padre con una bandera. Lo tenían que poner en lo alto de esa casuarina (señaló el árbol de más de 15 metros en el lote vecino) pero nadie se quería subir y al final subió mi tío Mingo. Mi papá lo hizo con un palo de acacio y dos alambres. Según el alambre que se tiraba subía o bajaba la bandera que era visible desde todo El Trébol. Luego la bandera se pudrió y nadie quería subir y entonces empezó la campana; que no era campana sino un disco de arado grueso, que mi padre colgó en la galería del galpón comedor y le daban con una maza. Mi padre tenía un chajá que replicaba gritando y el que no sentía la campana, sentía al chajá –dice riendo con Guillermo que le hizo recordar el chajá-
-¿Cómo se les pagaba a los peones?
-Mi papá les pagaba acá. En una galería al otro lado de la casa. Una galería típica cerrada con algo más de un metro de ladrillo y reja encima. Allá mi papá les pagaba en efectivo, por quincena, según los días de trabajo que tenían anotadas cada uno. Eran jornaleros. Los días de lluvia se anotaban en el cuaderno como “lluvia” y no los cobraban.
-¿Los sábados trabajaban?..
-Sólo por las mañanas creo. El Domingo no, por supuesto. Había muchas cosas que hacer. Además de lo de las hormigas, estaba también el regador, con un barril de galvanizado gigantesco ¡qué se yo! lo menos 5000 litros cargaría, y un caballo, que iba regando los plantines. No era caballo sino yegua. Me acuerdo que se llamaba “Víbora”. Era una yegua muy fuerte. Cuando le decían: ¡Bueno! ¡Vamos!, pegaba un arrancón hacia un lado, luego hacia el otro, para alinear el eje delantero, que era giratorio, en el sentido de la marcha y arrancaba. Era un espectáculo esa yegua, ¡casi 1000 kilos pesaba! También recuerdo al primer carro basurero que era una chata de 4 ruedas con un caballo que hacía solo el recorrido. También era una yegua.; se llamaba “Dora”, igual que mi hermana. Recuerdo como se enojaba mi madre.
-Había buena técnica para todo. Carros volcadores había, para arreglar los asfaltos; eran chatas, con un pasador adelante que sujetaba la plataforma a la vara; se sacaba y con un arrancón del caballo, volcaban hacia atrás para descargar.
-¿Desde dónde se suministraban?
-De Ezeiza o de Tristán Suárez. Luego pusieron el almacén de Pepe Noya, donde está ahora Piletas El Sol. Era almacén y bar todo en uno.
-Guillermo precisa: Don Pepe y Don Mario.
-A las seis de la mañana –continua Oscar- ya había gente en el bar; trabajadores del puerto que esperaban el tren o el colectivo (los colectivos no entraban en El Trébol) para ir al laburo. Así que caminarse diez o quince cuadras con el bolsito, para tomarse el tren o colectivo era normal. A la ida y a la vuelta se tomaban un buen vaso para hacer fuerza y recuperarla.

Por: Guillermo Patiño y Mario Ordiales


Nota del editor: Dado lo extenso del artículo, la nota se ha desdoblado para su publicación, en tres partes. Agradecemos la gestión de la sra. Inés Cuello de Ramirez.
Nota originalmente publicada en
“El Trébol”. Revista de la Sociedad de Fomento y Biblioteca Popular del Barrio Parque “El Trébol”. La Unión, abril, 2013. Págs. 4 a 6.

domingo, 2 de octubre de 2016

Barrio El Trebol (nota I)


En Los Chañares 540 está la casa que existió muchos años antes de que nadie pensara en El Trébol. Cuando esto no era otra cosa que campo y tambos. En esa casa, que debe tener más de 100 años, nació y vive nuestro vecino Oscar Abal, quien ahora tiene 62 años.
Era la tardecita otoñal amable. Charlamos Oscar, Guillermo y yo sentados en la parrilla, aislada, en el centro del parque. Sobre la chimenea me llama la atención un cartel de un renglón, de porcelana sobre hierro que decía “DON SEGUNDO”. Se trataba de un regalo del arquitecto Jorge Latanzi, el “experto en mojones” que aún vive en el barrio, a su padre.
¿Cuándo se construyó esta casa?
- No se sabe. Al menos nadie lo sabía con certeza. Cuando mi padre vino (1949) ya estaba. Recuerdo que un día mi viejo y el vasco Iturralde, discutían el tema. El Vasco, que era tambero en Tristán Suárez, dijo que él conocía la casa por gente que estuvo acá. Juntos memorizaron hasta 130 años atrás y ya hace 20 años de esa conversación. La casa no tiene muchas reformas. Solamente la cubierta de esta galería exterior.
- ¿Se mantienen las baldosas originales? preguntó Guillermo.
Sí y deben de tener los mismos años que la casa.
-Y ¿Mantenés el hogar?
-Sí. El hogar se hizo... cuando hicieron las casas nuevas. No sabían hacer el hogar. Entonces le dijeron a mi padre: Abal, ¿Ud. tiene en la casa? No, dijo mi padre. Entonces vamos a hacer un hogar en su casa y así probamos. . El hogar de mi casa es bajo, a ras del piso. En la mayoría de las casas nuevas los hicieron altos. Recuerdo que no había electricidad. Andábamos con velas. No recuerdo exactamente cuándo vino la electricidad.
Oscar se queda pensativo y dice: “Sobre este pasto yo aprendí a caminar  y lo mismo mis hijos y mis nietos”. Claramente se le siente enraizado en su lugar de siempre.
¿De quien era todo este terreno antes?
-Creo que los dueños de todo esto eran los Bencich, que tenían la casa por el barrio Santa Ángela. El Banco Hipotecario Franco Argentino se lo compró para diseñar el barrio y lotearlo. Cayte era la empresa vendedora. El ingeniero Espina, que vino a hacer las mediciones, conocía a mi padre y le ofreció cuidar los campos y manejar la gente que construyó este barrio. Era por 1949 más o menos. Laura Cusolito (vecina de El Trébol) era empleada del banco, con algún buen cargo, debe conocer los detalles con más precisión. (Guillermo y yo nos comprometimos para visitarla y seguir buscando la memoria del barrio)
-No había árboles –continúa Oscar- salvo unas casuarinas como barreras de vientos. Y algunos eucaliptos. Esto era tambo. El plano del barrio tenía cada manzana, con sus lotes y en cada lote marcados los lugares con las plantas y árboles a plantar a las distancias preestablecidas de sus límites. ¿Animales? Liebres, perdices, iguanas, lagartos, alacranes todos desaparecidos ahora. Gorriones (estaba minado de gorriones) mistos, cabecitas negras y todos los demás que ahora se ven.
-Mi padre, Armando Segundo Abal. Era bien de campo.
-Era un hombre de buen peso. Siempre andaba con la bombacha y fumando toscanos –acota Guillermo-
-Y con el cuchillo en el cinto. Todavía hay toscanos en la casa. Son buenos para las polillas. Él mandaba a todas las cuadrillas de peones que limpiaron, cuidaron el terreno y plantaron las plantas y árboles que hoy vemos, siguiendo un proyecto muy cuidado. Hablamos de 1950 aproximadamente.

Por: Guillermo Patiño y Mario Ordiales
 Nota del editor: Dado lo extenso del artículo, la nota se desdoblará para su publicación. Agradecemos la gestión de la sra. Inés Cuello de Ramirez.
Nota originalmente publicada en
“El Trébol”. Revista de la Sociedad de Fomento y Biblioteca Popular del Barrio Parque “El Trébol”. La Unión, abril, 2013. Págs. 4 a 6.

martes, 29 de marzo de 2016

Desaparecidos Locales

Si bien no son las únicas víctimas del terrorismo de estado en la ciudad de J. M. Ezeiza, se los eligió a ellos en este Primer Homenaje a los Desaparecidos Locales por ser los tres hijos de nuestra ciudad, aquí nacieron y fueron jóvenes queridos.
Marta Cecilia Alonso fue una joven tan comprometida con la sociedad como lo estaba y está toda su familia. Fue llevada por las fuerzas militares desde su domicilio paterno cito en Deán Funes y Tucumán (a cien metros de la policía), un 20 de agosto de 1976. No hay hasta el momento registro alguno de su paso por algún CCD (Centro Clandestino de Detención), aunque se presume que por estar dentro del Circuito Camps, pasó por El Infierno. Este fue uno de los centros clandestinos que se utilizó entre los años 1976 y 1978 como centro de detención (pasaron por allí más de 300 detenidos desaparecidos). En el lugar funcionaba la Unidad Regional II de la Brigada de Investigaciones de Lanús, que dependía directamente del comisario Miguel Osvaldo Etchecolatz. Marta, fue sindicalista y peronista, y fue señalada como tal por problemática a los represores, por sus empleadores de la Fábrica Argentina de Porcelana Armanino (FAPA) de la ciudad de Monte Grande.
Eduardo Alberto Delfino. Desapareció en las acciones que el ERP llevó a cabo en Monte Chingolo, el 23 de diciembre de 1975. Su familia, pese a su desesperada búsqueda, nunca fue informada de su entierro en una fosa común en el Cementerio Municipal de Avellaneda. Honoria que fue la primera mamá de desaparecidos de Ezeiza, junto con Doña Julia Tortajada de Alonso, emprendieron la lucha incansable por la Memoria, Verdad y Justicia. Exhumados los restos en 2006, el Equipo Argentino de Antropología Forense, identifico a Eduardo en el 2011.
Eduardo Ramos Mejía. Lo conmovieron los asesinatos de Trelew y el 22 de agosto de 1973 en el acto de Congreso, tomó contacto con el PRT – ERP. Fue un militante, no conocemos si tuvo actuaciones militares, pero sí que supo dar refugio a sus compañeros de lucha. Fue “chupado” en Cabildo y Congreso, capital, un 9 de junio de 1976. Tenía 22 años. Un día antes, el Canciller y Contralmirante César Gonzzatti había asegurado ante la OEA “que en la Argentina hay amplias garantías para todos los ciudadanos” (Clarín, 09/06/76). Cuando el 8 de junio de 2013, se colocó una baldosa en su memoria frente al domicilio de sus padres, en José Hernández 239 de José María Ezeiza, la agrupación HIJOS, acompañadospor Barrios por la Memoria y la Justicia, y la Municipalidad, se abrió el camino para que en nuestro distrito se marquen la ausencia y la presencia de los militantes que el terrorismo de Estado pretendió hacer “desaparecer” de la historia.

En éstas, nuestras jóvenes víctimas, que fueron Desaparecidas cuando llevaban adelante su misión de querer construir  una sociedad mejor, homenajeamos a todas aquellas que todavía no disponemos de información pero que fueron asesinadas incluso en democracia, o como lo fue el cura párroco Hugo Ibañez, cuando comenzó a querer contar lo que había sucedido en la Unidad 19 y en la Unidad 3 del sistema carcelario en Ezeiza.

Juan Carlos Ramirez Leiva

sábado, 19 de marzo de 2016

Eduardo "Toto" Ramos Mejia


Homenaje

Nació el 20 de marzo de 1954 en José María Ezeiza. Si bien viajamos generacionalmente juntos por la vida, apenas nos habremos cruzado aunque ambos compartimos el mismo sentido de justicia social. Él, entrego la vida por esas ideas. A mí me toca como militante de la vida, contribuir a difundir por qué y cómo desapareció, para evitar la desmemoria. Como dice Graciela Peris, no hay otra manera de “dar cuerpo a la voz de la ausencia” que poner en palabras la vida de un “desaparecido” hablando de sus vidas breves,  pero más ricas que muchas vidas largas y vacías.
Eduardo estudió en el Colegio San Marcos, de Monte Grande, y luego se inscribió en Antropología pero no comenzó debido a que debía materias del secundario y por razones de militancia. Le gustaba la lectura, la fotografía, iba a la iglesia, practicaba deportes, entre ellos natación (la familia tenía una pileta). Se sabe que le gustaba tener hormigueros en  peceras de vidrio para investigar cómo se comunicaban. Con amigos de El Trébol, formó una banda en donde tocaba el bajo allá por 1970. Por ese entonces manejaba el Ford Fairlane de su papá
Vacacionaba con sus padres y su hermanita (había perdido a un hermano en un accidente sobre la ruta 205), en Villa Gessel, en donde se cuenta que en el verano de 1971, descubrió las charlas políticas de tinte izquierdoso. Cuenta José Alberto Francomano, su amigo y vecino de El Trébol (quien luego debió exiliarse) que en diciembre de 1972, se hizo amigo del jardinero y que éste lo invitó a pasar la navidad con su familia en su rancho. No nos extraña, Eduardo era hijo de una familia de doble apellido pero no creída; su papá don Rafael, era un viejo gaucho que vestía siempre con pantalones bretches, muy simpático y generoso; sus primos, los Peña, andaban en una catanga, una renoleta 4L, y fueron los que donaron los terrenos para la escuela técnica, aunque no le perdonaron a Eduardo su olvido de la religión; (en la foto, se lo ve a Eduardo “Toto”, en el predio en donde hoy se levanta el Instituto Técnico Juan Bautista Peña).
Eduardo descubrió al “Che” y a la Revolución Cubana, mientras leía a  Ernesto Cardenal. Lo conmovieron los asesinatos de Trelew y el 22 de agosto de 1973 en el acto de Congreso, tomó contacto con el PRT – ERP. Fue un militante, no conocemos si tuvo actuaciones militares, supo dar refugio a sus compañeros de lucha.
Comenzó a trabajar en una fábrica de vaqueros, luego en una de máquinas industriales, siempre volanteaba. Zurdo de la mano y de las ideas. Fumaba Particulares, le gustaba dormir hasta tarde y reírse. Se lo recuerda desprolijo en el vestir, le costaba dejar de usar un gamulán marrón descolorido de tanto uso.
Cuando en 1974 su compañera Graciela Peris quedo embarazada,  vivían en una casa alquilada, posiblemente en Lomas de Zamora. De esa relación nació Facundo, custodia de su memoria.
Eduardo Ramos Mejía fue “chupado” en Cabildo y Congreso, capital, un 9 de junio de 1976. Tenía 22 años. Un día antes, el Canciller y Contralmirante César Gonzzatti había asegurado ante la OEA “que en la Argentina hay amplias garantías para todos los ciudadanos” (Clarín, 09/06/76) y Henry Kissinger respaldaba a Pinochett en tanto anunciaba ayuda económica para Argentina. Amigos de la familia, que no toleraban su lucha por un mundo más igualitario,  sostuvieron públicamente que se lo había llevado los Montoneros.
Cuando el 8 de junio de 2013, se colocó una baldosa en su memoria frente al domicilio de sus padres, en José Hernández 239 de José María Ezeiza, la agrupación HIJOS, acompañados por Barrios por la Memoria y la Justicia, y la Municipalidad, se abrió el camino para que en nuestro distrito se marquen la ausencia y la presencia de los militantes que el terrorismo de Estado pretendió hacer “desaparecer” de la historia. 
Todavía restan saber más sobre Miguel Ángel Hoyos,  Oscar Alberto Perez, Roberto Arfa, Eduardo Rudinsky,  Miguel Ángel De Lillo, Mirtha Haydee Milobara de Lillo, Agustín Enrique Ferreira, Graciela Álvarez Daisson, Sandra Álvarez Daisson, Juan Sergio Andrada; además de Nélida Azucena Sosa de Forti desaparecida en el aeropuerto; sin olvidarnos de Marta Cecilia Alonso, y de Eduardo Alberto Delfino, cuyos restos ya fueron recuperados.
Los docentes comprometidos con la vida, debemos seguir trabajando en este camino de construir desde lo simbólico, espacios para la reflexión y el recuerdo vivo, para que no nos vuelva a pasar. 
Por la Memoria, por la Verdad, por la Justicia.
 
Por: Juan Carlos Ramirez



sábado, 13 de febrero de 2016

Lo que el viento se llevó



En la esquina de Liniers y Laprida, en nuestra ciudad cabecera, supo mantenerse sereno, enorme, orgulloso, un castaño que tuvo larga vida. Resistió los embates del tiempo y de míticos vientos, pero la última tormenta, la que arrasó con numerosos árboles, lo tomo distraído, o quizás cansado.   
Tal vez extrañaba a los chicos que a su sombra jugaban, o molesto por ya no ser lo más alto del barrio, quizás era muy viejo porque a mediados de la década de 1950, era ya un árbol adulto. Había sido testigo de las lentas transformaciones pueblerinas hasta los cambios acelerados de los cincuenta, y ni que hablar de los tiempos actuales. No sabemos su edad pero la corteza pardo grisácea, gruesa y profundamente surcada, nos habla de su longevidad.
Muy noble, siempre verde, proporciono sombra, sirvió de alojamiento a los pájaros, de lugar de juegos a los niños, fue referencia, y ahora se brindó como madera. Pasaba los 10 metros de altura y las raíces no soportaron el embate huracanado. Fue tan noble que no causó daños a los vecinos, que sin duda extrañaran su partida.


 

Por: Juan Carlos Ramirez 
(con todo el dolor por los árboles perdidos que hicieron felíz su niñez ezeicina).

martes, 9 de febrero de 2016

Dismitificadores otra vez vencidos



Los cazafantasmas vernáculos no se ofrecieron para el caso. Tampoco hicieron bulla los no creyentes de siempre. Nos contaron documentadamente que fue el segundo Jumbo incorporado orgullosamente por Aerolíneas Argentina el 13 de enero de 1979. Para 1983 pasó a Flying Tigres, con los colores de Metro Internacional, luego con Federal Express hasta que en 1990 regresó a operar con Aerolíneas hasta mediados del 2001, en que fue dado de baja. Recordaban que aunque Air Plus decidió retirar de servicio los Boeing 747-200 de Aerolíneas Argentinas, de modo inédito se siguió llevando los motores a España para sus propios Jumbos. Los fundamentalistas de la verdad, solo se limitaron a afirmar que el Jumbo alcanzaba una Velocidad Máxima en máxima altitud de 970 km/h a 9.145 metros; que su velocidad de crucero era de 910 km/h; en fin, habladurías.
Los que saben, como el caso de Ariel Aníbal Fuster, afirman que los de Intercargo, personal de seguridad o de limpieza, tienen como experiencia “
que presenciaron los mismos hechos y las mismas situaciones, sin conocerse ni tener conexión entre ellos.” Hasta en aeroparque conocen los hechos narrados.
El aeropuerto ya habría sido tomado por fantasmas tiempo antes. Desde que aquel pasajero se suicidara en el hotel, dicen un fantasma recorre sus pasillos.  Cerca del lugar en donde habría caído un avión transportando pescados, se escuchan gritos en las noches que han estremecido la dureza de los vigiladores. Se cuenta que los rudos de la ex PAN, se negaban a ir de guardia en ese puesto; mandaban a los nuevos que ignorantes de las fuerzas ocultas que allí se manifestaban, se enfrentaban a los tiros con lo que no veían pero los asustaba. Consultado un pastor amigo, afirmó que “estoy completamente seguro que el relato que nos presentas es 100% verídico. Escrito está 2º Corintios 11:14”, rematando con la afirmación de que “En consecuencia, ese espíritu que se hacía pasar como si fuera la azafata era un demonio suplantador,” un demonio disfrazado de azafata.
 









Los matemáticos, Borges sonreiría, nos dirigen la atención que el 747 lleva al 74, ya al derecho o al revés, un juego de círculos que repiten realidades espejadas. Y casi nos gritan los adoradores de las Ciencias Exactas: ¡El mismo número del colectivo de la línea 306, también embrujado!
¿Leyenda urbana o realidad? No lo sabemos ciertamente, pero el caso es que el avión resiste a ser desguasado.

Juan Carlos Ramirez.