miércoles, 5 de enero de 2011

La casa de Abal

La curva de la hoja de El Trébol.
La curva umbrosa invita a entrar en el túnel del tiempo, ese lugar fresco y susceptible de ser creado. Los Chañares al 500, corazón del barrio El Trébol. Entremos.
El par de casuarinas lungas a la derecha de la entrada, medio raquíticas de tan alto que llegan, fueron testigos del trajín de los albañiles y constructores del barrio El Trébol. En una de ellas, aprovechando su largura sobre la llanura pelada, se colgaba una bandera que indicaba a los laboriosos obreros cuando era la hora del receso para almorzar o la del final de la jornada. En la que todos llaman la casa de la familia Abal se asentaba el obrador en aquellos años cincuenta y sesenta del siglo pasado que sirvieron para que el barrio se erigiera, en primera parte, gracias a las gestiones del Banco Hipotecario Franco Argentino. Las casas las construía CAYTE (sigla de “casas y terrenos”) y las ventas también podían concertarse en la casilla de madera puesta en la esquina cerca de la actual Petrobras, el que atendía era el señor Brisson, un vecino del barrio, francés de nacimiento[1]. Por entonces las escasas arboledas eran bajitas y vivía aún por allí mucho bicho de los que hay en el campo, así los lagartos y las comadrejas fueron empujados a disputar su espacio con perritos de raza. Las flores de los matos diseñados amanecían ramoneadas por las liebres, pero era una gloria desayunar mirando a los teros que se cortejaban en los jardines.

En la San Sebastián.
Víctor García Costa sostiene que esa casa era un puesto de estancia y desde allí nos permitimos la posibilidad de hacerla parte del más bien modesto casco de lo que fue la estancia San Sebastián, que abarcaba casi todo el territorio de nuestro distrito, propiedad de doña Josefa Guevara y don Sebastián Acosta. Entre yardas, millas y no recordamos qué otra medida a la inglesa el profesor Juan Carlos Ramírez nos convenció (somos fáciles de convencer cuando se trata de la memoria en reversa) con sus lecturas cartográficas que le indicaban que por ahí debía estar el hogar donde paraban esos vecinos del siglo XIX. Doña Virginia Acosta, la viuda nuera de Sebastián y Josefa, heredó de su esposo Rosario Acosta la parte que le correspondía del establecimiento sito en el Partido de San Vicente y compuesto: de un terreno de pastoreo de tres cuartos de legua más o menos; ocho piezas de material techos de azotea; diez piezas, techos de ripia siendo ocho de estas de material y dos, paredes de barro. Un palomar de material. Una pieza (cocina) techo de paja. Una caballeriza de materiales de ripia. Una idem de tabla de techo de zin. Un alambrado compuesto de 1.000 varas, maderas duras y blancas. Un monte de durazno, recién cortado, compuesto de dos cuadras, rodeado de parayzo, sauses y alamos.
Un puesto con un edificio de tres piezas de material de azotea techado. Un idem con cuatro piezas de material techado de paja. Un idem con tres piezas de material techo de ripia. Cosina de material techado de paja, un galpón de tablas, techo de fierros en muy mal estado. Un (ilegible) con dos piezas techos de paja.[2]

La vigía de la curva
Ahora nuevamente la evocamos a propósito de esta serie de notas. Con miedo porque tiene un cartel que indica que esta en venta. Nunca pasamos de su vereda más que del lado de afuera, ni cuando hablamos con el hijo del dueño, que fue quien nos contó lo de la bandera señalizadora del obrador. La seguimos interpretando como un mojón en el contexto del barrio El Trébol. Como esas arrugas que nos aparecen en el rictus de la cara cuando nos ponemos mayorcitos de edad. Por todo el trebolar surgen de la noche a la mañana casas modernísimas, pensadísimas, estetiquísimas. Ella sigue ahí chatita y ladeada, admirable en su ubicación oblicua como puesta a propósito para no perderse ni el primer ni el último rayo del sol. Conserva algo de gallo anunciando el inicio de las actividades del día, como cuando organizaba la rutina de los albañiles constructores del barrio. Tiene algo de girasol en su quietud. Tiene ese perfil modesto, aplanado y pampeano, que la distingue del resto de las casas del barrio, aunque haya otras que también sean planas. Disfrutamos imaginar su planta construida sin asesoramiento de arquitecto, con paredes de barro y la memoria cargada de tanto visualizar horneros amasando casitas con su pico…
Dos perros reciben al que se detiene en su puerta, ahí el caminante puede descansar en dos sólidos bancos que tienen almohadones de mármol blanco. Las tejas del techo abombadas a muslo, el tanque que vio correr mucho agua, las macetas fajadas, el portón tranquera medio arrumbado pero adornando aun el parque, la galería mansa que incita al reposo y el sendero sinuoso de entrada que inspiró a la curva de la calle tanto como a éstas líneas.

Por: Lic Patricia Faure.
[1]Mucho agradecemos estos datos proporcionados por el historiador Víctor García Costa, uno de los vecinos fundadores y consecuente habitante del barrio abierto y verde.
[2]La descripción de las construcciones de la estancia San Sebastián fue extraída de la testamentaria de Rosario Acosta.

1 comentario:

Anónimo dijo...

ESTIMADA PATRICIA !!!!
Con muchisima emocion lei la nota que has escrito sobre mi casa ,la casa de ABAL. Realmente te felicito por lo que alli escribes ,no es nada mas que la verdad exacta.
Mi padre y mi madre vivieron alli desde 1946.
Mi padre fue el administrador de ese predio por ser empleado del banco del que tu mencionas. Las calles ,los arboles y la delimitacion de los lotes y la entrega de las propiedades que el banco construyo eran entregadas por mi padre. El hermoso barrio hoy el TREBOL es casi todo nuestro (en los sentimientos).
Te agradezco la nota que escribiste.
DESDE LO PROFUNDO DE MI CORAZON, TE SALUDO CON UN FUERTE ABRAZO.
DORA ABAL.