viernes, 16 de octubre de 2009

De cuando los indios no eran considerados seres “humanos”


A comienzos de junio de 1801, la prosperidad parecía sonreírles a los indios que vivían en nuestra región. Las condiciones de la flora y fauna permitían que en las lagunas y bañados se cazara y prepararan cueros de vacunos y de nutria, cerda de yegüerizos, mulitas y trenzados de cuero, vendibles en la ciudad. La novedad radicaba en que ahora podrían tener “sus correspondientes suertes de tierras”, en propiedad legalizada por el virreinato.
En 1795, el funcionario Agustín de la Rosa había planteado la necesidad de repartir solares entre los gauchos, labradores y desposeídos. Siguiendo esa línea, el virrey Gabriel de Avilés y Fierro comenzó a entregar tierras en propiedad a los indios. Consideraba que era preferible “el establecimiento de muchos en la frontera al de pocos, y que deben abrir las puertas a todos los que quieran poblar”. Las medidas fueron aprobadas por el Rey en 1803 pero lamentablemente, no fueron aplicadas por los sucesores de Avilés.
Había terminado imponiéndose la política de los hacendados, quienes impedían el establecimiento de nuevos pobladores en campos que les pertenecían o simplemente, consideraban como propios. Impedirles la tenencia no significaba que los indios no fueran contratados en sus estancias, como lo prueban las mensuras.
Si bien hemos podido documentar su existencia, en realidad no sabemos cómo vivía aquel hombre que en los campos de María Acosta de Carranza, estaba a cargo del Puesto del Yndio. Al morir sus padres, Doña María recibió en heredad la propiedad que ubicada en el “partido de los Remedios”, se extendía desde los actuales límites con el partido de E. Echeverría, hasta la ciudad de Tristán Suárez incluida; tenía como límite al Este, tierras ubicadas dentro del Partido de S. Vicente y hacia el río Matanza, tierras que sobrepasan hacia el oeste el trazado de las vías del Ferrocarril Roca.
El Puesto del Yndio se encontraba a unos 1700 metros hacia el Este del camino a Las Flores, casi sobre los límites de la propiedad que lindaba con la de Remedios Merlo, ésta última ya en jurisdicción de S. Vicente. Probablemente el antiguo camino que se abre hacia el S.E. del Camino a Las Flores, a la altura de la estancia “Los Talas”, sea el mismo que recorría aquel indio ladino para trasladarse desde el puesto hacia el casco de la estancia de María Acosta.
El patrón de negar derechos a los indígenas tiene un punto de partida en la declaración que Cristóbal Colón les leía en castellano a todos los indios que se le cruzaran: Un Pontífice, “hizo donación de estas islas y tierra firme del mar Océano a los católicos Reyes de España”. Por tanto requería que reconociere “a Su Majestad en su lugar, como superior y señor y rey de las islas y tierra firme, por virtud de la dicha donación, y consintáis que estos padres religiosos os declaren y prediquen lo susodicho. Si así lo hiciereis, haréis bien”, agregando posteriormente que: “Si no lo hiciereis, o en ello dilación maliciosamente pusiereis, certifico que con la ayuda de Dios yo entraré poderosamente contra vosotros y os haré guerra por todas las partes y manera que yo pudiere, y os sujetaré al yugo y obediencia de la Iglesia y de Su Majestad, y como tales los venderé y dispondré de ellos como Su Majestad mandare, y os tomaré vuestros bienes y os haré todos los males y daños que pudiere”.
Para que el sometimiento fuese legítimo, comenzó a negarse la condición de humanos a los aborígenes americanos. Los debates se sucedieron hasta que finalmente Paulo III declaró que los indios del “Nuevo Mundo”, son “realmente hombres”. Al aceptarse que los indios eran “personas con alma” (02/06/1537), concluían las dudas sobre la humanidad indígena. Finalmente, una semana después, el 9 de junio de 1537, el Papa afirmo que los indios eran seres humanos.
Juan Carlos Ramirez

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