sábado, 30 de enero de 2010

Cámara en mano

Los 400 kilos de oro depositados en la Aduana del Aeropuerto, junto a valores cuya totalidad ascendían a un millón de dólares, pusieron en marcha a las acciones que pondrían a Ezeiza en las tapas de los diarios nacionales: en 15 minutos, los cacos se levantaran con 560 lingotes de oro valuados en más de 40 millones de pesos, en aquel 15 de enero de 1961.
Entre los testigos y actores involucrados inconsultadamente se encuentran algunos vecinos nuestros que aún hoy, a 49 años del audaz hecho, son reacios a contar las vicisitudes que debieron afrontar. La competencia entre los investigadores locales y el policía estrella de aquel momento, el comisario Meneses, tornaba a todos en sospechosos.
Los integrantes de la Sub Comisaría de Ezeiza, se esforzaron en demostrarle al país que ellos fueron los primeros en arrestar sospechosos del Robo del Oro. Como resultado de sus investigaciones, presentaron ante las cámaras de canal 7 a los detenidos. Como las calles de Ezeiza no estaban asfaltadas y las huellas de los carros impedían que los técnicos pudieran equilibrar el trípode que sostenía a la enorme cámara de aquel entonces, los improvisados actores debieron ubicarse en un punto de la calle Tucumán que el cameraman indicó. Allí, se animaron a realizar una pantomima de cómo los habían reducidos.
Entre el público que se dio cita en la esquina de French y Tucumán, en aquella veraniega mañana pueblerina, se encontraba un cura de severa sotana negra. Éste, bregó para que los periodistas se acercaran a los fondos de la Parroquia Nuestra Señora del Valle, ya sobre la calle hoy llamada Ituzaingó, entonces Mitre.
Si bien en el pueblo había muy pocos televisores, el don de vecindad de quienes lo poseían hacía posible que los demás, pudiéramos compartirlo en señalados horarios. Nunca pudimos ver las imágenes tomadas en aquella entretenida mañana de enero. Probablemente, los denodados esfuerzos de la policía local por presentar resultados no lograron interesar a los periodistas nacionales, como tampoco interesaron las obras que se estaban levantando con fondos recaudados por la Liga de Padres de Familia en kermeses y colectas.
El sacerdote, Severo Babugia, había pretendido que de Ezeiza también dieran a conocer la laboriosidad de su gente y el resultado del esfuerzo mancomunado. No pudo ser pero de todas maneras mientras la noticia convocante ya se había olvidado, el pueblo de Ezeiza contaba para su orgullo, con una Sala de Primeros Auxilios y su primer Jardín de Infantes.

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