sábado, 2 de enero de 2010

Puente sobre aguas turbulentas

Don Daniel Tejada, el vecino naval, me preguntó “ ¿Adónde vas?”. Lo primero que sentí fue alegría al poder volver a la cama. Era bien temprano en la mañana del 24 de marzo de 1976. Ya sabía de asuetos, violencia, feriados, vedas y jornadas de duelo medidas en días sin clase. En el repertorio de recuerdos estaba cuando mataron a Ortega Peña o a Rucci, o cuando secuestraron a Aramburu o a Salustro, y ni hablar del velorio interminable de Perón o cuando agonizaba Franco.
Una mañana contamos no sé cuántos tanques que nos flanquearon el paso por la calle Ramos Mejía para ¡oh, sorpresa! descubrir que tenían rodeado mi destino: la Escuela de Educación Media Nº 2 “Argentina Potencia”. Los soldados permanecieron adentro del establecimiento toda la mañana compartiendo con nosotros en el patio las metrallas colgadas atravesando el pecho. Estábamos sospechados de estar en un foco subversivo. Así, imperceptiblemente, nos fuimos adaptando a las novedades sin muchas preguntas, sin esperar respuestas, simplemente aceptando la que se venía: quitaron el cartel que decía “Argentina Potencia” en alusión al esperanzado lema peronista. El director era un profesor de Contabilidad muy simpático y aromático de apellido Puntoni que, lástima, no vino más. La materia E.R.S.A. (Estudio de la Realidad Social Argentina) se sustituyó por algún seminario de práctica contable.
Administrativamente la escuela quedó desprovista, entonces los alumnos colaborábamos en los pasajes de calificaciones de otros cursos, hacíamos boletines, ordenamos la biblioteca, entrábamos y salíamos de la preceptoría – dirección- biblioteca- laboratorio y no sé qué más, todo en un mismo ambiente, con mayor confianza. De algún modo, la inmovilidad a que nos sometían afuera la compensábamos con mayor circulación adentro de la escuela.
La sucesión de los meses nos fue mostrando una realidad diferente hasta lo que entonces habíamos vivido: ya no había paros por reclamos con movilización que se desbandaba en corridas. Estaban prohibidas las reuniones así que andábamos con cuidado por las calles. Ahora estábamos todos guardados en nuestras casas, en nuestra escuela. Aprendí lo que era estado de sitio y a mostrar la cédula de identidad cada vez que cruzaba la estación de trenes con rumbo a la escuela, con mis 13 años, con mi guardapolvo blanco. Descubrí que no podía ir a la librería a comprar el mapa que necesitaba para completar una tarea porque en la esquina de Centenario y Lavalle estaban haciendo un operativo. Cada sábado interrumpían la música en el boliche bailable, encendían todas las luces y los soldados armados pedían los documentos, las chicas que se los habían olvidado podían esconderse estratégicamente en el baño. Porque si se las llevaban decían que las violaban.
Hasta el ’80 el establecimiento era en su mayoría un conjunto de casillas de madera, pretéritos tranvías reciclados de los que circularon hasta que nosotros nacimos. Pero, decían, se hacía necesario construír un edificio de material así que la directora nos sugería que cuando pasáramos por una obra en construcción nos trajéramos aunque sea un ladrillo. Los de 5º ya nos queríamos ir porque a la persecución de la de Geografía la había sustituido el acoso de la de Matemática. A las chicas ya se nos había hecho un cayo ante las desubicaciones de los de Merceología y Contabilidad. Tal vez no era para tanto y simplemente se trataba de que ya teníamos esa etapa superada. Tal vez no daba para más desde nosotros que vivíamos en la escuela un espacio de hermandad que estaba siendo puesto en peligro. Se empezó a hablar de imponerle un nombre acorde a la escuela. Ya nadie se acordaba de Argentina Potencia. Todos habíamos saltado porque no éramos holandeses. Le empezamos a preguntar al compañero chileno- nunca estudiaba pero era un capo en educación física- sobre su país y porqué se había venido al nuestro. Y la barrera del sonido de los Mirage nos había explotado sobre las cabezas.
Y se nos hizo que lo de Luciano Honoré Valette fue para que la directora quedara bien con una familia amiga de ella, todas de Monte Grande, por supuesto. Porque había que saber que los profesores que eran del pueblo ya nos caían bien de entrada por ese dato nomás. Así que ni Luciano se salvó de nuestra lupa y de la lógica del momento: la defensa y ocupación del territorio, la soberanía sobre la Antártida, las fronteras lejanas con presencia patria. Pobre don Luciano, ni milico era. Es que en aquello había un componente antipático para todo adolescente: los límites. Un profesor muy pragmático había propuesto ponerle John Kennedy y así obtener dinero de los generosos yanquis para construír un edificio como la gente. Pérez Esquivel ganó el premio Nobel de la Paz y nadie sabía por qué. Entonces nos hicimos los distintivos de plástico con respaldo de felpita, hábito tras el cual se parapetaba nuestra dignidad para avanzar protegida en pos de la realización de la personalidad. Los posibles modelos fueron puestos a la consulta de todos nosotros, los profes y las autoridades. Pero cuando los estrenamos la directora se ofendió igual y ordenó su secuestro. Los devolvió recortados en la parte inferior donde figuraba la identificación de la escuela. Algunos se salvaron de casualidad pero, con distintivo sano o con distintivo tijereteado, nos habían cortado un ala a todos. Buscamos opinión, nos dieron la razón y mucha solidaridad pero el hecho ya estaba consumado. De modo que una mañana hicimos una sentada en la vereda frente a la puerta de la escuela y nos propusimos no entrar hasta que no nos dieran una solución. Nos pagaron lo que nos había costado su confección pero no los volvimos a encargar. Se siguieron luciendo cortados como muestra de la arbitrariedad y la prepotencia. Con el dinero nos compramos la remera institucional que tenía estampado el flamante escudo, nos uniformamos con el cuello alto, azul y raspador. ¿Nos rendimos? ¿Nos unimos al enemigo porque no podíamos enfrentarlo? ¿El agobio nos hizo aflojar la presión? La secundaria se terminaba. Concluía cortándonos ese capital simbólico hecho distintivo, dándonos otro motivo más para la protesta. Pero como ya era el último trecho del puente nos domesticamos poniéndonos la remera oficial porque también era, y ellos no lo sabían, nuestra. Porque para nosotros la escuela era el espacio fraterno y propio, con compañeros hermanos con los que nos queríamos y nos peleábamos, con preceptoras y profesoras mamás o indiferentes, con profesores compinches y de los que nos inspiraban respeto o algo así, con autoridades dialogadoras o no. La escuela era nuestro espacio de contención. La escuela era donde nos expresábamos en democracia a pesar de que no fuera un contenido entre las materias de la currícula. Sabíamos lo que era el ejercicio de la democracia como un producto de la convivencia en la pluralidad dentro de la escuela e hicimos de ella un valor a respetar.

Lic. Patricia C. Faure

No hay comentarios:

Publicar un comentario