sábado, 19 de marzo de 2016

Eduardo "Toto" Ramos Mejia


Homenaje

Nació el 20 de marzo de 1954 en José María Ezeiza. Si bien viajamos generacionalmente juntos por la vida, apenas nos habremos cruzado aunque ambos compartimos el mismo sentido de justicia social. Él, entrego la vida por esas ideas. A mí me toca como militante de la vida, contribuir a difundir por qué y cómo desapareció, para evitar la desmemoria. Como dice Graciela Peris, no hay otra manera de “dar cuerpo a la voz de la ausencia” que poner en palabras la vida de un “desaparecido” hablando de sus vidas breves,  pero más ricas que muchas vidas largas y vacías.
Eduardo estudió en el Colegio San Marcos, de Monte Grande, y luego se inscribió en Antropología pero no comenzó debido a que debía materias del secundario y por razones de militancia. Le gustaba la lectura, la fotografía, iba a la iglesia, practicaba deportes, entre ellos natación (la familia tenía una pileta). Se sabe que le gustaba tener hormigueros en  peceras de vidrio para investigar cómo se comunicaban. Con amigos de El Trébol, formó una banda en donde tocaba el bajo allá por 1970. Por ese entonces manejaba el Ford Fairlane de su papá
Vacacionaba con sus padres y su hermanita (había perdido a un hermano en un accidente sobre la ruta 205), en Villa Gessel, en donde se cuenta que en el verano de 1971, descubrió las charlas políticas de tinte izquierdoso. Cuenta José Alberto Francomano, su amigo y vecino de El Trébol (quien luego debió exiliarse) que en diciembre de 1972, se hizo amigo del jardinero y que éste lo invitó a pasar la navidad con su familia en su rancho. No nos extraña, Eduardo era hijo de una familia de doble apellido pero no creída; su papá don Rafael, era un viejo gaucho que vestía siempre con pantalones bretches, muy simpático y generoso; sus primos, los Peña, andaban en una catanga, una renoleta 4L, y fueron los que donaron los terrenos para la escuela técnica, aunque no le perdonaron a Eduardo su olvido de la religión; (en la foto, se lo ve a Eduardo “Toto”, en el predio en donde hoy se levanta el Instituto Técnico Juan Bautista Peña).
Eduardo descubrió al “Che” y a la Revolución Cubana, mientras leía a  Ernesto Cardenal. Lo conmovieron los asesinatos de Trelew y el 22 de agosto de 1973 en el acto de Congreso, tomó contacto con el PRT – ERP. Fue un militante, no conocemos si tuvo actuaciones militares, supo dar refugio a sus compañeros de lucha.
Comenzó a trabajar en una fábrica de vaqueros, luego en una de máquinas industriales, siempre volanteaba. Zurdo de la mano y de las ideas. Fumaba Particulares, le gustaba dormir hasta tarde y reírse. Se lo recuerda desprolijo en el vestir, le costaba dejar de usar un gamulán marrón descolorido de tanto uso.
Cuando en 1974 su compañera Graciela Peris quedo embarazada,  vivían en una casa alquilada, posiblemente en Lomas de Zamora. De esa relación nació Facundo, custodia de su memoria.
Eduardo Ramos Mejía fue “chupado” en Cabildo y Congreso, capital, un 9 de junio de 1976. Tenía 22 años. Un día antes, el Canciller y Contralmirante César Gonzzatti había asegurado ante la OEA “que en la Argentina hay amplias garantías para todos los ciudadanos” (Clarín, 09/06/76) y Henry Kissinger respaldaba a Pinochett en tanto anunciaba ayuda económica para Argentina. Amigos de la familia, que no toleraban su lucha por un mundo más igualitario,  sostuvieron públicamente que se lo había llevado los Montoneros.
Cuando el 8 de junio de 2013, se colocó una baldosa en su memoria frente al domicilio de sus padres, en José Hernández 239 de José María Ezeiza, la agrupación HIJOS, acompañados por Barrios por la Memoria y la Justicia, y la Municipalidad, se abrió el camino para que en nuestro distrito se marquen la ausencia y la presencia de los militantes que el terrorismo de Estado pretendió hacer “desaparecer” de la historia. 
Todavía restan saber más sobre Miguel Ángel Hoyos,  Oscar Alberto Perez, Roberto Arfa, Eduardo Rudinsky,  Miguel Ángel De Lillo, Mirtha Haydee Milobara de Lillo, Agustín Enrique Ferreira, Graciela Álvarez Daisson, Sandra Álvarez Daisson, Juan Sergio Andrada; además de Nélida Azucena Sosa de Forti desaparecida en el aeropuerto; sin olvidarnos de Marta Cecilia Alonso, y de Eduardo Alberto Delfino, cuyos restos ya fueron recuperados.
Los docentes comprometidos con la vida, debemos seguir trabajando en este camino de construir desde lo simbólico, espacios para la reflexión y el recuerdo vivo, para que no nos vuelva a pasar. 
Por la Memoria, por la Verdad, por la Justicia.
 
Por: Juan Carlos Ramirez



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