sábado, 13 de febrero de 2016

Lo que el viento se llevó



En la esquina de Liniers y Laprida, en nuestra ciudad cabecera, supo mantenerse sereno, enorme, orgulloso, un castaño que tuvo larga vida. Resistió los embates del tiempo y de míticos vientos, pero la última tormenta, la que arrasó con numerosos árboles, lo tomo distraído, o quizás cansado.   
Tal vez extrañaba a los chicos que a su sombra jugaban, o molesto por ya no ser lo más alto del barrio, quizás era muy viejo porque a mediados de la década de 1950, era ya un árbol adulto. Había sido testigo de las lentas transformaciones pueblerinas hasta los cambios acelerados de los cincuenta, y ni que hablar de los tiempos actuales. No sabemos su edad pero la corteza pardo grisácea, gruesa y profundamente surcada, nos habla de su longevidad.
Muy noble, siempre verde, proporciono sombra, sirvió de alojamiento a los pájaros, de lugar de juegos a los niños, fue referencia, y ahora se brindó como madera. Pasaba los 10 metros de altura y las raíces no soportaron el embate huracanado. Fue tan noble que no causó daños a los vecinos, que sin duda extrañaran su partida.


 

Por: Juan Carlos Ramirez 
(con todo el dolor por los árboles perdidos que hicieron felíz su niñez ezeicina).

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