domingo, 16 de octubre de 2016

Barrio El Trebol (Nota II)

-Había mucha gente, haciendo el barrio, las calles, las acequias, plantando; limpiando los yuyos y matando hormigas… -se interrumpe unos instantes para disfrutar de nuestro asombro, continúa: Sí, matando hormigas porque se comían las plantas que se iban poniendo. Un especialista era el Negro Andrés, que salía a la mañana con la máquina y la botellita de sulfuro y metódicamente recorría las manzanas que le tocaban. Se pasaban meses matando hormigas.
Los peones vivían en puestos (hoy desaparecidos, pero Guillermo aún los recuerda) y había uno especial de ladrillo de unos 20 x 30 metros donde se cocinaba y comían. Los peones eran todos argentinos.
- Había otro galpón en un monte de acacias, dijo Guillermo.
- Sí. Un polaco, todo el mundo lo llamaba “Polaco”, vino a pedir trabajo y mi padre se lo dio y ese galpón era su vivienda. Dos años después trajo a su esposa de Polonia y... ¡cómo son las cosas!, esa polaca, a la que mi madre enseño a hablar español –se acompañaban mutuamente- fue mi madrina,  porque aquí no había nadie más.
-¿Trabajaban continuamente o interrumpían el trabajo para comer?
-Se paraba siempre para comer. La gente no tenía relojes y ¿Saben cómo se le marcaban los tiempos?-nos desafía Oscar-.
-Por una campana, dice Guillermo bien seguro porque la recordaba.
-No –acotó Oscar- . Lo de campana fue después. Era con un invento que diseñó mi padre con una bandera. Lo tenían que poner en lo alto de esa casuarina (señaló el árbol de más de 15 metros en el lote vecino) pero nadie se quería subir y al final subió mi tío Mingo. Mi papá lo hizo con un palo de acacio y dos alambres. Según el alambre que se tiraba subía o bajaba la bandera que era visible desde todo El Trébol. Luego la bandera se pudrió y nadie quería subir y entonces empezó la campana; que no era campana sino un disco de arado grueso, que mi padre colgó en la galería del galpón comedor y le daban con una maza. Mi padre tenía un chajá que replicaba gritando y el que no sentía la campana, sentía al chajá –dice riendo con Guillermo que le hizo recordar el chajá-
-¿Cómo se les pagaba a los peones?
-Mi papá les pagaba acá. En una galería al otro lado de la casa. Una galería típica cerrada con algo más de un metro de ladrillo y reja encima. Allá mi papá les pagaba en efectivo, por quincena, según los días de trabajo que tenían anotadas cada uno. Eran jornaleros. Los días de lluvia se anotaban en el cuaderno como “lluvia” y no los cobraban.
-¿Los sábados trabajaban?..
-Sólo por las mañanas creo. El Domingo no, por supuesto. Había muchas cosas que hacer. Además de lo de las hormigas, estaba también el regador, con un barril de galvanizado gigantesco ¡qué se yo! lo menos 5000 litros cargaría, y un caballo, que iba regando los plantines. No era caballo sino yegua. Me acuerdo que se llamaba “Víbora”. Era una yegua muy fuerte. Cuando le decían: ¡Bueno! ¡Vamos!, pegaba un arrancón hacia un lado, luego hacia el otro, para alinear el eje delantero, que era giratorio, en el sentido de la marcha y arrancaba. Era un espectáculo esa yegua, ¡casi 1000 kilos pesaba! También recuerdo al primer carro basurero que era una chata de 4 ruedas con un caballo que hacía solo el recorrido. También era una yegua.; se llamaba “Dora”, igual que mi hermana. Recuerdo como se enojaba mi madre.
-Había buena técnica para todo. Carros volcadores había, para arreglar los asfaltos; eran chatas, con un pasador adelante que sujetaba la plataforma a la vara; se sacaba y con un arrancón del caballo, volcaban hacia atrás para descargar.
-¿Desde dónde se suministraban?
-De Ezeiza o de Tristán Suárez. Luego pusieron el almacén de Pepe Noya, donde está ahora Piletas El Sol. Era almacén y bar todo en uno.
-Guillermo precisa: Don Pepe y Don Mario.
-A las seis de la mañana –continua Oscar- ya había gente en el bar; trabajadores del puerto que esperaban el tren o el colectivo (los colectivos no entraban en El Trébol) para ir al laburo. Así que caminarse diez o quince cuadras con el bolsito, para tomarse el tren o colectivo era normal. A la ida y a la vuelta se tomaban un buen vaso para hacer fuerza y recuperarla.

Por: Guillermo Patiño y Mario Ordiales


Nota del editor: Dado lo extenso del artículo, la nota se ha desdoblado para su publicación, en tres partes. Agradecemos la gestión de la sra. Inés Cuello de Ramirez.
Nota originalmente publicada en
“El Trébol”. Revista de la Sociedad de Fomento y Biblioteca Popular del Barrio Parque “El Trébol”. La Unión, abril, 2013. Págs. 4 a 6.

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